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Gestión clínica: un viejo concepto no nato | IASIST

En los últimos meses parece que el concepto Gestión Clínica está siendo abrazado con entusiasmo por las administraciones, representantes profesionales y sociedades científicas, generando un consenso como no se ha visto en los últimos años.

Será un paso hacia adelante positivo aunque el entendimiento del concepto, que está en todos los libros de gestión sanitaria de los últimos 15 años, debería ser el mismo para todos: adoptar las medidas necesarias de traspaso de capacidad de decisión y responsabilidad a los médicos (accountability) con los instrumentos de conocimiento e información necesarios para ello.

Durante estos años y bajo la denominación de Gestión Clínica, vinculando la actividad médica y los conceptos de gestión, se han desarrollado formas organizativas, sistemas de información e instrumentos orientados a hacer efectiva la responsabilidad profesional sobre las unidades funcionales de cuidado de los pacientes, aunque como se está poniendo de relieve actualmente, no se han adoptado medidas en nuestro entorno. El marco administrativo de nuestros servicios de salud no ayuda, incluso no se ha conseguido la autonomía de gestión básica a nivel de los centros como ponía de relieve recientemente la Sociedad Española de Directivos de la Salud entre otras instituciones. Que la Gestión Clínica vuelva a estar en alza, puede ser una nueva oportunidad para abordar esta necesidad elemental para una gestión más profesional.

El diseño del proceso de cuidados de cada paciente ha sido siempre misión de los médicos, quienes con sus decisiones cualifican el problema, definen el proceso y el consumo de recursos de los que dependen los resultados.

Pero el médico también tiene obligaciones con la sociedad como asegurar que no se están derrochando los recursos comunes en ese proceso de cuidados. Un ejemplo: no debería aceptarse el uso de un fármaco si existe otro de resultado idéntico y menor coste; o el uso reiterado de pruebas innecesarias; o el tratamiento agresivo e intensivo sin probabilidades de resultados aceptables en el paciente.

Estas son obviamente cuestiones que no pueden decidir ni los administradores ni los gestores y que por tanto han de estar en manos de los resultados científicos (medicina basada en la evidencia, cuándo ésta existe) o en las recomendaciones de organismos científicos (tipo NICE en UK). Por tanto, finalmente queda en manos de la propia profesión. Pero ello exige algo más: la evaluación y medición de la práctica para asegurar que se cumplen los estándares aceptables en una profesión que no se basa en una ciencia exacta y convive con muchas incertidumbres.

Otorgar facultades de gestión a algunos médicos ha de ir acompañado del requisito de responsabilidad de los resultados (“accountability”) y obliga a la organización a facilitarles la información necesaria para tener un buen conocimiento del “state of the art” de la práctica médica y una medida comparativa para la evaluación de sus resultados en contraste con los alcanzados en el entorno. Es decir instrumentos de soporte a la decisión con acceso tanto a los resultados de la evidencia científica sólida, cómo al benchmarking de sus resultados. Aunque en otros países con mayor cultura evaluativa (esencialmente anglosajones) se ha avanzado más en el campo de la evaluación y la transparencia, en España, se han derrochado chorros de tinta respecto a la medicina basada en la evidencia y la necesidad del Benchmarking pero los avances han sido muy limitados.

Por tanto, si queremos hacer Gestión Clínica, ofrecer a los profesionales un instrumento de información que les ayude en la toma de decisiones para el cumplimiento de sus funciones es uno de los requisitos básicos, aunque no suficiente, para dar a la población garantías de que se ponen todos los esfuerzos necesarios para ofrecer los mejores cuidados posibles a los pacientes. Todo ello es imposible si no se produce en un entorno donde la rigurosidad y seriedad en este proceso es obligación de todos: administraciones, gestores y profesionales sanitarios, pero también prensa, jueces, políticos, e, incluso población general.

La descentralización de la autoridad y la capacidad de decisión de los responsables de las unidades clínicas es fundamentalmente un proceso de cambio organizativo. El acceso al conocimiento y la información de resultados desempeña un papel imprescindible en este proceso, especialmente en el marco actual de imperiosa necesidad de mantenimiento de unos costes sostenibles.